Te compartimos dos reflexiones de vecinas de nuestra zona respecto a cómo enfrentar el duelo y algunos de los recuerdos de sus difuntos. Comparte con nosotros si has tenido la pérdida de un ser querido y de qué forma lo mantienes dentro de tu corazón.

 

“Tu ausencia y mis huellas de sentido”

Por: Florencia Bárcena/Logoterapeuta y Tanatóloga (flobarcena@gmail.com).

Soy Florencia, logoterapeuta y tanatóloga y quisiera compartirles una mirada con respecto a la puerta que se abre cuando nuestra labor o misión en esta tierra culmina. Hace muchos años acompaño, en forma personal y en experiencias grupales, a personas que están transitando procesos de duelo. Es un privilegio poder estar en un lugar tan sagrado, donde no solo se produce un encuentro entre un “tú” y un “yo” sino que también, está presente de una manera sumamente especial quien con su cambio de morada nos reúne.

Nacemos sabiendo que vamos a morir. Es el ciclo esperable. Sin embargo, cuando ocurre, pareciera que entramos en pánico. Sin duda, si tuviésemos la posibilidad de poner en palabras nuestros temores y fantasmas la historia seria otra.

Me gustaría compartirles una analogía, para que juntos podamos adentrarnos en esta experiencia tan valiosa de poder mirar la partida del ser amado como “la circunstancia más trascendental” que nos puede transformar:

Cuando un bebé crece en el vientre de su madre siente que ese es el lugar más seguro, allí nada le falta, está a salvo, puede percibir los movimientos de quien lo acuna y lo alimenta posibilitándole su crecimiento. Al momento del nacimiento se abren muchas interrogantes:

“¿Qué está pasando?”

“¿Hacia dónde estoy yendo con cada empujón que siento?”

“¿Qué sucederá cuando esta situación (refiriéndose al trabajo de parto) finalice?”.

El niño nace y es puesto sobre el pecho de su madre, donde no solo tiene el regalo de seguir sintiendo el corazón de esa mujer sino que también puede observar su mirada, sus lágrimas de felicidad y escuchar de manera diferente una voz que le dice que lo ama. Esa mujer, hasta entonces sin rostro, pasa a ser con el correr de los meses la guardiana de su vida. Los brazos de su madre pasan a ser el lugar más seguro. Ahora bien… ¿Qué nos pasa cuando percibimos que un nuevo cambio de estado se aproxima para nosotros o para aquella persona que amamos? ¿Qué nos pasa cuando repentinamente sentimos que la vida nos arrebata a ese gran amor? ¿Somos como ese pequeño que confiado atraviesa la experiencia de trasformación o tendemos a luchar contra ella?

Mucho se ha escrito sobre la muerte, pero yo quisiera animarlos a experimentar la certeza de que “puedo vivir sin ti, porque vives en mí”.

Hace muchos años mi hijo mayor murió, en un abrir y cerrar de ojos. Mi vida dio un giro brusco, repentino, no me pidió permiso, solo ocurrió. Creí morir. Deseé morir. Pero en este espacio no es mi deseo contarles el proceso que me lleva hoy a estar en este lugar acompañando a otros que atraviesan pérdidas similares. Sino que quiero compartirles el motivo por el cual podemos vivir con un gran amor lejos de nuestros brazos pero dentro de nuestra vida. Para ello les regalo una frase clave que a mí me iluminó y guía hasta el día de hoy:

“El dolor que sentimos por aquella persona que partió es producto del amor en estado de ausencia”

Desearía que nunca olviden esta frase. Es imposible no sentir dolor cuando alguien deja de estar a nuestro lado. Es una realidad tan humana… Luchar contra ese dolor, intentando que se aleje o desaparezca es imposible. Sin embargo la mayoría de las personas que acompaño suelen pedirme que quieren dejar de sentir ese dolor, ese sufrimiento, porque sienten que no lo pueden soportar.

Cuando yo comprendí que debía abrazar al dolor que sentía por la pérdida de mi hijo, y con ello dejar de ofrecerle batalla, empecé a dejar de sobrevivir para empezar a vivir. Empecé a vivir mi nueva vida,  con una nueva realidad que no elegí, pero a pesar de ello, opté por protagonizar. Entendí que la vida de mi hijo y también su partida, debía de tener algún propósito. No me cabía en mi corazón que un niño de tan solo 6 años pudiese irse en un segundo sin sentido.

Cuando abracé el dolor, lo reconocí como propio y sagrado, empecé a vivir. Así descubrí que se puede ser feliz con un amor lejos de mis brazos porque descubrí el sentido, el “para qué”, la misión de la corta vida de mi hijo.

No hay un día, desde el momento que me levanto hasta que cierro los ojos por las noches, en los que Mateo no esté presente en mi vida. En mi casa no hacemos altar de muertos pero mi hijo vive en cada uno de los integrantes de mi familia, aún en la de su hermano menor con quien nunca se abrazó. La presencia trasciende la dimensión corpórea porque su vida en la nuestra y también su cambio de estado, nos ha dejado una gran huella –aunque las lecciones son infinitas.

Las personas que amamos y no tenemos la oportunidad de abrazar, siguen vivas en la medida que no solo las recordemos, sino también registremos, lo que nos han cambiado la vida. Yo reconozco a estas vivencias como huellas de sentido.

Mi mayor deseo es que, al igual que se hace cada 2 de Noviembre en México, podamos continuar celebrando día tras día,  la vida de las personas que amamos y han partido, al registrar ese sello que no lo borra ninguna distancia. Esas huellas que le dan sentido a la vida de cada uno de nosotros. Desearía tenerlo a mi hijo en mis brazos -tendría 16 años- pero ésta no sería mi vida. Hoy elijo que sus huellas de sentido sigan marcando el rumbo de mi existencia”.

 

“Sanar con la esCritURA y CultURA de Muertos”

Por: Agustina Tocalli-Beller/Escritora.

México es una oda a la vida. Y a la muerte. Porque ni siquiera con la partida de un ser querido se opacan sus colores. Ni se suavizan sus aromas y sabores. Más bien se intensifican. La CultURA de la muerte en México apuesta a sanar el dolor de la partida desde el recuerdo alegre y colorido. El Día de Muertos es una gran fiesta de color, sabor y amor. Yo, siendo una argentina que hace ocho años vive en México, gracias a su CultURA, y a mi pasión por la esCritURA, pude sanar una partida importante en mi vida y entender que, de verdad, quienes parten no se van del todo. Así lo plasmé en “Boris y el ajolote albino”, un extranjero en este país que supo descubrir y describir la festividad mexicana del 2 de noviembre como una nueva manera de relacionarse con la muerte:

“Llegó el ‘Día de Muertos’ y nosotros llegamos al Embarcadero de Nativitas en Xochimilco. Las calles de los alrededores se convirtieron en grandes fiestas peatonales. Había mucha más gente que en los Paseos Dominicales de Reforma o en el Zócalo. Todo era más desordenado y ruidoso. Puestos de comida por donde vieras: tacos, esquites, elotes y pan de muerto. Había jarrones inmensos llenos de agua de jamaica o de horchata y para los adultos la tradicional bebida del maguey, el pulque. Familias enteras se movían cantando y elevando fotos de seres queridos. Nadie lloraba, todos sonreían, se abrazaban y lanzaban pétalos de flores mientras caminaban.

No terminaba de salir del asombro cuando entre la muchedumbre descubro a quienes estaban maquillados como calaveras o disfrazadas de catrina que, aunque es un esqueleto, es tan femenino y elegante que hace que la muerte se vea fina. La muerte ese día también se me presentó dulce y colorida porque comimos unas deliciosas, aunque bien empalagosas, calacas hechas de azúcar y mazapán. Nunca en mi vida, pensé que, en el nombre de la muerte, se podía congregar y evocar tanta alegría, dulzura y ganas de vivir”.

Conoce la historia completa de “Boris y el ajolote albino” en el blog de Agustina Tocalli y descubre que la leCtURA también ayuda a sanar las penas. n